Entre mi mundo y los abismos de todos los mundos posibles, los cuentos son pequeñas miscelaneas del abanico de opciones que presenta lo cotidiano. Un día me desperté y descubrí que quería contar contar lo que veo, y también inventar otros mundos...
jueves, 19 de noviembre de 2015
viernes, 22 de noviembre de 2013
Sin objeto
Todos estos
años, al llegar el alba Cecilia ha caminado las calles de la Cuesta, cerrado las
cancelas abiertas, buscado a las vecinas en los portales, recorrido los
pasillos de la biblioteca buscando libros que la ayuden a entender qué ha sido eso que ha silenciado el pueblo.
Cecilia lleva semanas
tratando de terminar esa ponencia para un congreso en Alemania. Pero necesita
volver a entrevistar a Rosa. Desde hace semanas la busca. A diario toca la
puerta de su casa. La verja está descascarada, la pintura corroída por el sol,
seca y resquebrajada, se ha enrulado.
Sin Rosa no puede terminar su ponencia.
La primera vez que la entrevistó fue hace quince años. Rosa lloraba desconsolada, secaba sus lágrimas en las manos, que prontas iban al delantal.
Sin Rosa no puede terminar su ponencia.
La primera vez que la entrevistó fue hace quince años. Rosa lloraba desconsolada, secaba sus lágrimas en las manos, que prontas iban al delantal.
–Yo vi pasar el último tren.– Le había dicho ese día. –Y ni siquiera pude mirarlo como el último,
porque nadie nos dijo. Simplemente no hubo otros después.
Entristecida, Cecilia había querido abrazarla, pero no lo hizo. En cambio pensó en que su tesis iba a ser magnífica porque todas sus hipótesis eran ciertas. Al llegar a casa no pudo esperar y se puso a desgravar la entrevista. Anotaba también algunos comentarios en una libretita.
Entristecida, Cecilia había querido abrazarla, pero no lo hizo. En cambio pensó en que su tesis iba a ser magnífica porque todas sus hipótesis eran ciertas. Al llegar a casa no pudo esperar y se puso a desgravar la entrevista. Anotaba también algunos comentarios en una libretita.
En la Cuesta
vivían centenares de personas. Había una plaza descolorida, una iglesia modesta,
un bar detenido en el tiempo; todo a media cuadra de la estación de tren. Algunas
personas trabajaban en los pueblos vecinos enfardando, otros en la
estación de tren, las señoras hacían las conservas para el bar. El pueblo parecía pensado por un turista europeo que sueña los pueblos de las
pampas argentinas.
Hace quince años, cuando el tren
se fue, llegó Cecilia. Justo después de que dejara de pasar. Con el entusiasmo
de su tesis a medio escribir, con sus libros
de etnografía a cuestas. El la Cuesta del Cielo la recibió gustosa, los alegraba mucho que los ayudara a entender que el tren ya no iba a volver, y no serían nunca de nuevo los mismos.
Las vecinas le
habían conseguido una casa, había sido la casa de un empresario que a veces se
quedaba en el pueblo cuando venía a ver sus negocios. Pero desde que el tren se
había ido la casa había quedado vacía. Ahí Cecilia había acomodado sus cuadernos, sus casetes, la
grabadora. Y había empezado a hablar con los vecinos, a preguntarles cómo era su vida
cuando el tren pasaba, sobre los que venían en el tren, sobre lo que se
producía en la zona. Llenaba parvas de cuadernos, gustosa de cada palabra que
le decían.
Al principio
venía a visitarla un joven algunos fines de semana. En el pueblo suponían que
era el novio, pero ella nunca decíanada. Después, el joven simplemente dejó de ir, como
el tren. Entonces apareció el gato. Era un gato completamente negro. Cecilia decidió que un gato era un compromiso que podía asumir, y lo adoptó como propio.
Rosa le había
tomado aprecio así que le convidaba escabeches. Aunque no entendiera del todo por
qué Cecilia los escuchaba tanto, ni por qué tomaba notas. Una vez incluso le había
dicho –No somos tan importantes como para que escriba sobre nosotros, nuestra vida
es aburrida, y desde que no pasa el tren somos cada vez menos– Cecilia había sonreído.
Qué pena que no llevaba su libreta, se había dicho. Al llegar a casa
había anotado el comentario.
Un año después de llegar a la Cuesta, la tesis ya estaba terminada, y Cecilia se había ido.
–Vuelvo en unos
días. –Les había dicho. Y todos creyeron que no iba a volver. Una noche en el bar habían hecho apuestas
incluso.
Pero Cecilia había
vuelto. Traía una edición impresa de su tesis para la biblioteca del pueblo. Con
un encuadernado precioso.
Lástima que en su ausencia, Clotilde, la bibliotecaria, se había ido a vivir a la casa de su
hermana, en las afueras. Y Cecilia no estaba ahí para registrarlo.
Nadie leyó la tesis, no sólo porque Clotilde no estuvo ahí para abrir la biblioteca,
sino también porque pesaba mucho, y sólo podía leerse apoyándola sobre
alguna mesa. Algunos avanzaron hasta casi la página diez, pero se aburrieron, y ni
siquiera llegaron a leer la dedicatoria que Cecilia hacía la Cuesta del Cielo y
sus habitantes.
Unos meses
después, Cecilia registró en detalle la partida de los Romero. Los
entrevistó uno por uno. Y cuando se habían marchado tomó nota
en el cuaderno sobre las actitudes de los otros vecinos, al verlos irse en la
chata vieja por el camino polvoriento.
Se encerró algunas semanas en la casa, y sólo salió después de haber transcrito las entrevistas, revisado los libros, citado autores. Unos meses
más tarde viajó a México.
–Rosa, viajo ¿me
cuida la casa y los libros? Y dele de comer al gato, si no es molestia.
–Vaya tranquila
mijita, que acá le cuidamos todo. – Había dicho Rosa, siempre amable.
–Serán un par
de meses, pero le juro que vuelvo.
Esta vez los vecinos no hicieron apuestas, sobre todo porque unas semanas más tarde se fue de la Cuesta del Cielo Don Tomás, el dueño del bar.
Esta vez los vecinos no hicieron apuestas, sobre todo porque unas semanas más tarde se fue de la Cuesta del Cielo Don Tomás, el dueño del bar.
Del congreso en
México Cecilia volvió con una hamaca que
colgó en el patio. Se entristeció muchísimo al saber que no había estado en la
Cuesta para entrevistar antes de que se fueran a los Jofré, los Muñoz y a Don Tomás. Bajo el brazo
traía su nuevo libro, que contaba la historia de cómo la Cuesta del Cielo se despoblaba desde aquel último tren.
Al entrar en la
biblioteca notó que sus pasos quedaban marcados en el piso. Había polvillo en los
estantes, en las páginas, en el aire. Acomodó su nuevo libro en la estantería
del fondo. Cuantos libros llevaba publicados sobre el pueblo, qué satisfacción
le daba ver todos juntos sus avances, sus investigaciones. –Qué bien había sabido narrar lo que pasa en la Cuesta. – Se dijo a sí misma.
Al llegar a su casa anotó en su libreta “Los lomos de
los libros estaban cubiertos de polvo.” Ni siquiera ha notado que el bar ya no abre.
–Y Rosa que
sigue sin aparecer! – se dice a si misma Cecilia. Piensa en el paper que tiene
que terminar antes de que amanezca. Se preparó un café y se sentó frente a sus
notas, sus libros, y puso un título en la página que por días ha estado en
blanco. Pero al leerlo no le gustó, lo tacha.
Se da cuenta de que no sabe cómo empezar a escribir si no vuelve a entrevistar a Rosa; para que le cuente lo que siente ahora que hace quince años que no pasa el tren. Y hasta el gato se ha ido.
Se da cuenta de que no sabe cómo empezar a escribir si no vuelve a entrevistar a Rosa; para que le cuente lo que siente ahora que hace quince años que no pasa el tren. Y hasta el gato se ha ido.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Tiempo muerto 1
Entonces el tiempo muerto se me
asemejaba a un cúmulo de tiempo que se iba entre los dedos como la arena.
En los primeros tiempos supe diseñar
estrategias para combatirlo, ideaba planes, construía torres con mis sueños,
inventaba trabajo para ocuparme y ser productiva, me exigía para suplir la
falta de exigencia.
Pero al final de la jornada, cuando me amigaba
con la almohada y caía rendida, el tiempo muerto seguía ahí, se había tragado horas
enteras de mi día. Entonces me torturaba con el uso del tiempo en el trabajo, y
me preguntaba por el país que tenemos, basado en instituciones que se comen el
tiempo de sus empleados sin generar nada más que tiempo vacío; que se vende
hacia afuera como pies que se arrastran por el exceso de trabajo.
Cientos de veces escuché decir "es que tengo mucho
trabajo" a personas que pasaban sus horas matando minutos con miradas subversivas
al reloj, que callado no cambiaba el ritmo de su paso, pero se lentificaba
subjetivamente.
martes, 16 de julio de 2013
Guerra al Banco.
¿Has de irte ira?
Me duele la cabeza y el espíritu.
El banco me ha sorprendido una vez más, con su implacable burocracia.
Más aún que otra veces.
Más aún que otra veces.
He decidido salirme del sistema, presa de una furia que se
me hace indescriptible en medio de mi enojo.
Ni siquiera he tenido la energía de gritarles, de llorar,
presentar una nota para reclamar.
Me he rendido en silencio. Presa de una sensación de desasosiego
que no condice con la importancia real del problema.
domingo, 16 de septiembre de 2012
La confusa ciudad que se gira
Acaso sólo puedan
entender este extravío aquellos que lo padecen. Matilda se ha perdido de nuevo.
La acechan laberintos en las esquinas sin ochavas, en las plazas plagadas de
diagonales que salen hacía el mundo y sus confines suburbanos. Acaso sea una
burla que una de las primeras veces que se perdió llegara sin querer a la Calle
Leopoldo Marechal. Pero la Cuenca del agua no estaba al final del camino, ni
los clowns, ni Severo Arcángelo y su banquete. Sólo Matilda y su desorientación.
El mismo día, como si se tratara de extravíos literarios -más que reales-, se
perdió en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional, y fue a dar a Parque Las
Heras, sin saber a dónde se había ido el oeste, dejándola tan sola para
orientarse.
Matilda entra a un café.
Distraída pasa las horas, toma café, escucha las conversaciones de las mesas
cercanas inventándose historias sobre la gente que ve. Y después sale,
despreocupada y sonriente. Pero la vereda le es hostil, y parada ahí entre la
gente ha olvidado en qué sentido vino, y por dónde regresar. Ni Hansel, ni
Gretel le han dejado hoy migas de pan, se disgusta. Llora. No quiere sacar el
mapa que lleva en su cartera porque sería su peor derrota, la ciudad cobraría
vida para reír de su falta de orientación. Los puestos de diarios y de flores vienen
siendo los reductos que la salvaban de caerse del mundo, siempre gentiles los
vendedores la devuelven a la senda correcta.
En un esfuerzo por
encontrar el rumbo perdido, Matilda ha aprendido el nombre, orden y sentido de
las avenidas de Buenos Aires. En vano ha sido. La ciudad se ríe de ella, que
sigue buscando el oeste y sus montañas.
Hoy ha tomado un vino, cada
sorbo tenía sabor a Mendoza, y al salir a la calle no ha sido la borrachera lo
que la ha extraviado. Otra vez la ciudad se ha dado vuelta. Donde cree que está
el norte está el sur, y el oeste se ha mudado al este. Se demora un momento en
reorganizar sus coordinadas en función de la explicación del sentido del mundo.
De poco sirve, comprende lo que le dicen, pero en su cabeza sigue todo dado
vuelta. Juraría que su casa queda en el sentido contrario al que le han dicho, sabe
que se equivoca. Sufre un ataque de risa, para no sufrir uno de llanto. Un nene
la mira desde una vereda casi con pena, le dedica una sonrisa y le ofrece el
chupetín que está comiendo para consolarla.
Matilda ha descubierto
que el mundo es confuso, como ella. Acaso perderse le de la maravillosa
oportunidad de conocer rincones que no conocería de otro modo. Así la Plazoleta
al lado de la vía le abre sus puertas de pasto verde bajo el nombre de Giordano
Bruno.
Y como flotando ha
descubierto mágicos espacios, maravillosas calles, jardines floridos, cafecitos
apacibles. Pero no le pidas que te lleve a ellos, porque le es imposible. Es
que no recuerda dónde están, ni cómo llegar, ni cuáles son sus nombres. Ha aprendido
que lo único que tiene es este instante, y cada lugar que recorre quizás no
vuelva a ser encontrado nunca más. Entonces se detiene en los páramos suspendidos
que la ciudad le regala mientras la envuelve en su falta de sentido de la
ubicación, porque seguro no ha de poder volver a visitarlos nunca.
Así, a veces, no
siempre, la ira de su extravío se torna maravilloso descubrimiento, y juega con
un duende a descubrir nuevos rincones.
Por favor, si se cruzan
con Matilda por alguna callecita porteña, y lleva en su mirada un aire
desolado, díganle suavecito dónde es que está el oeste.
lunes, 5 de marzo de 2012
Monólogo interno sobre la lluvia y Borges
Natalia Millán
La imaginación de Matilda
simplemente explota en los días de lluvia. Tanto es así que cuando hoy se
debatía en uno de sus grandes desafíos porteños, descubrió lo inmenso de los mundos posibles. La lluvia
la condicionaba de un modo territorial, signando un enfrentamiento con la
realidad que a veces esquivaba mediante mecanismos dados desde el nacimiento.
Si febrero es mes de lluvias en
la provincia no debería llover por fuera de él. No al menos en clave mendocina.
O si llueve deberían contemplarse que los tiempos de duración fueran acotados,
para saber cuando volver a salir fuera.
El dilema de Matilda es hoy entre
Borges y la lluvia. Borges esperaba ser escuchado en la voz de un fanático incansable,
que lo explica a pie juntillas, enamorando al auditorio y dejando con la
sensación vacía de que la vida no alcanza para leer el canon completo. El
anuncio de una lluvia torrencial es casi un abismo en la construcción de la
joven para asistir al taller.
Grande el alivio al salir de la
oficina con paraguas en mano y comprobar ya no cae una sola gota. Y se fue rumbo a su
destino certero, sin agua. Pero la escena cambiaba y el cielo ensombrecía.
Para cuando hubo acabado con
Borges, afuera diluviaba. Con los pantalones arremangados y el paraguas salió a
la vida. Puteó a Borges e ironizó cual si la torrencial lluvia fuera una ruina
circular que la retrotraía al diluvio, pero ya sin el refugio del arca.
A medida que recorría bajo el
salpicar de las baldosas porteñas, extrañó las acequias, mágicas, inservibles,
pero refugio conocido para el agua que ahora veía circular por las calles. Se acordó
con cierta añoranza de la imagen de los pericotes jugando a las escondidas,
animal extraño para esta ciudad misteriosamente poblada por seres ocultos, pero
de los pericotes ni noticias, ni tan siquiera de nombres los conocen.
Se acordó entonces de la vez
anterior, que sin anoticiarse de posibles tormentas salió de mañana, sabiendo no volvía hasta
dos días después. Entonces fue sorprendida por un aguacero que la mojó de pies
a cabeza. Y al día siguiente cuando los diarios informaban del calamitoso
estado de la ciudad se angustió. Pensó en cómo su casa debía haberse inundado,
adivinó el agua entrando por el balcón diminuto y llenando el living, la vio
deslizarse por dentro del tubo que saca el aire caliente del split, adivinó sus
precarias conexiones eléctricas y el corto circuito que le quitaría la vida al
llegar a casa, de tan sólo poner un pie en la superficie inundada. Casi pudo ver
la placa de su parca.
Sin embargo, en aquella
oportunidad, cuando llegó a casa se encontró con la desilusión de la sequedad
absoluta. La vida urbana parecía ser un páramo aburrido y no la ajetreada
ciudad que le habían prometido. Fue la primera vez que se sintió tan constreñida
por su realidad, como si viviera en un maple de huevos, del que sólo sale
quince días al año de vacaciones. Incluso esos quince días están distribuidos
ya de antemano en un maple un poco más extenso. Y así, Matilda siente que se le
va la vida.
Al adentrarse en una esquina dimensiona que debe cuidarse de los autos, pero tarde llega el descubrimiento, porque uno
al pasar la ha mojado de pies a cabeza. Y en la vereda siguiente comprende que
debe hacer señas a quienes distraídos vienen con sus paraguas de frente, que no
sólo no miran, sino además se imponen al mundo de los transeúntes con una
soberbia que apabulla al propio paraguas. Pero no escuchan porque van con
auriculares, entonces la opción es plantarse o esquivar al otro como el torero
cuando se sabe al borde de la muerte. Más luego mirar también al suelo, para no
caer en lagunas que la arbitrariedad de las grietas ha construido para los días
de lluvia. No puede más, entonces nota que es fundamental que los zapatos tengan
aún algo de superficie adherente si no quiere quebrarse la cadera. Envidia
furiosamente a las chicas combinadas que llevan botas de agua, y jura comprar aunque
sabe las olvidará siempre en casa. Otra vez una baldosa la ha salpicado, un día
de estos cumple la promesa y saca la puta baldosa y la estampa contra la vereda
para que no agreda a más nadie.
En eso el agua ha empezado a entrarle
al zapato, suerte son viejos y ya no teme se arruine en cuero, porque hace rato
se ha arruinado.
Se acuerda del subte, cuando llueve a veces no funciona, por algo así como las filtraciones o el
riesgo de electrocución por el riel eléctrico. Ya no entiende más nada.La ciudad
no se le antoja ya apacible, sino hostil, y la plaza de su ciudad es serena
incluso en hora pico, una eterna siesta que Buenos Aires no comprende -porque
en la ciudad selva el mundo nunca se detiene.- Llega a la estación de Bulnes y el
subte la acaricia con su tibia humedad. Ahora sabe no solo la sequia produce
alergia, lo ha comprobado a fuerza de estornudos.
Cuando emerge del mundo subterráneo se sabe
perdida, ya el zapato entero está lleno de agua. Entra a la seguridad de su
casa, el maple de huevos la protege incluso de su propia cabeza aturdida con
inquietudes. Acaso afuera muchos sigan sin encontrar cobijo, con los pies
llenos de agua, sin que ella sepa muy bien cómo cambiarlo.
viernes, 9 de diciembre de 2011
En busca del tiempo perdido
Dice mi padre que debería haber sacado pasaje de ida y vuelta a mis muebles. Más dubitativa en mis certezas y decisiones, presiento la necesidad de andar más liviana por la vida. Y no es que atesore mucha cosa. Todo lo contrario, ando cada vez más despojada.
El inventario decía tengo un lavarropas viejo, tres lámparas, seis cuadros, una cama chica, una biblioteca y la mesa con cuatro sillas. Completan la escena dos puf rellenos de tergopol, e innumerables cajas con papeles, libros y la ropa.
Mi vida se monta y desmonta en un día, esa es la otra gran reflexión que saco de estos días. Pues la desarmé de una Mendoza primaveral entre los últimos suspiros de un viernes caluroso y la mañana siguiente. Desde el joven de la sonrisa cálida hasta los de la mudanza ayudaron a embalar. Es contundente mi miedo a guardar la vida en cajas, clasificarla, tomar decisiones y ser perseverante en ellas, sea acaso este el costo que hoy pago en incertidumbres.
Quisiera correr tras las mariposas a donde sea que ellas me lleven cada vez que aparecen, y no preocuparme tanto de lo que dejo atrás. No lo logro. La vida misma no me deja hacerlo, encaprichada en llevarme siempre a los extremos de tener que elegir, cuando yo sólo quiero ir por la vida dejándome sorprender, sin aferrarme tanto, salvo a los sentimientos -que son la base de mi estructura-.
Acaso la historia que aquí cuento hoy suene a uno de mis relatos, pero detrás de la pantalla estoy yo, tipeando lo que hoy sé, es mi vida, no una historia más de las que escribo.
Tengo una instantánea del momento exacto en que el camión de la mudanza se fue -de la puerta de la que era entonces mi casa- entonces sentí que las piernas se aflojaban y los ojos empezaban a picarme, con ese picor de la lágrima que se anuncia.
Enfrascada en la sonrisa de las incertidumbres todas, me acomodé sobre el cajón de la lucha antigranizo, único bastión codiciado y no obtenido como bien propio. Escrito mitad en ruso mitad en castellano, lleno de libros que se quedan por ahora en Mendoza, sirvió de mesa y silla al vino blanco y fresco que nos cobijara de la tristeza de ver una casa vacía. Guardo ese momento como un registro mágico de los recuerdos que un día miraré para saber que mi vida fue maravillosa.
A veces tengo la leve sensación de ser una persona nostálgica, que vive creando mundos que no puede alcanzar, sólo para añorarlos. Y que cuando llegan, casi siempre tarde, me dejan reflexionando sobre qué fue que pasó que quise tanto aquello, y que ahora que lo he alcanzado ya no me llena el alma. ¿Son los desencuentros y des-tiempos de la vida?¿Acaso es eso la vida? Si existe la palabra destiempo, como una construcción que puede desarmar uno a su gusto.
El viaje a Buenos Aires fue doloroso, desgarrador. No sé cómo explicarlo, no logro entender el modo en que las sensaciones se despiertan en mí. Nunca un avión había sido tan veloz, pero para mí ha sido tan largo. No tuve paz, entré y salí de la ensoñación docenas de veces en el lapso de una hora veinte, atormentada. Sin contemplación ni decoro me comporté como una entera grosera con el vecino de asiento que quiso darme charla, sólo obtuvo un gruñido siniestro por respuesta, creo que ni siquiera volvió a mirarme por el resto del viaje.
El cuerpo me mostró la acumulación de mis contradicciones de manera misteriosa, sentí que arrastraba mi peso. Cada músculo en guerra se me agarrotó, acalambró y gritó en profunda venganza a mi decisión de traerlos a Buenos Aires. ¿Y tras qué corro a esta ciudad? Ni siquiera sé responderme a esa pregunta.
En la mundanal Buenos Aires, llena de personas cobijadas a la sapiencia de semana de tres días, con ánimos de diciembre, el recibimiento fue un lunes con brisa fresca, que me dejó a mí y mis dos bolsos en Villa Crespo, parada en la calle Acevedo, con sus adoquines. Ya llegarían los muebles después.
Limpié cada rincón, cada esquina, cada estante escondido en las alturas. Hoy, ya con mis muebles ordenados el desafío es lograr que los espacios huelan a mí, a mis sensaciones, mis comidas, a eso que uno es. Porque es mentira que los lugares no se amolden a uno y uno a sus recovecos. Tanto así que cuando vi la casa armada supe que nos estaba destinado conocernos. Que cada rinconcito mío pensó vivir un día en estos espacios, aunque más no sea por un rato.
En el balcón, las plantas se acostumbran al sol que les entra en la mañana. La corriente de aire entra caprichosa por la cocina, y juega con las ventanas de la habitación y el living, trayendo oleadas de aire fresco que hacen uno olvide se encuentra en esta ciudad tan grande y furiosa. Hoy me despertó el canto de un pájaro, aunque admito que ayer fue una vecina gritando a su madre.
Ese es otro elemento particular a contarles. Los vecinos. Creo tendré tela para cuentos de todas las índoles. Adivino e invento vidas desde las palabras que llegan. Así, la vecina de al lado, una señora de unos 45 años, parece vivir con sus padres. Un padre asqueado de discutir y una madre que supongo con alzeimer, o está bastante loca, por la incoherencia de sus peleas. Luego hay una familia con un nene pequeño que me recuerda al Astor. Los otros susurros que logro identificar me traen el rostro de un Luis Brandoni exasperado, construcción que he hecho a partir de su tono de voz y sus charlas telefónicas.
El departamento como construcción del espacio tiene redondeces, azulejos viejos, un parquet con guerras, y un calefón que no termino de conocer en sus tiempos de agua caliente. Es como vivir en Paris, con la maga, rocamadour y horacio.
Pero vuelvo al día miércoles, vaya si el nombre le hace honor al día. La Buenos Aires abarrotada de horario pico ha sido un tanto menos dolorosa de lo que supuse, pero aún así me deja sudorosa. El día transcurrió cotidiano, con ánimo de viernes reconvertido. Parecía un miércoles sin más, común, igual a otros tantos. La primera diferencia fueron los muebles, llegaron temprano y en cajas. La vida quedó suspendida en el inventario y a las nueve ya iba de camino a la oficina. Se puede decir que vivo en Buenos Aires, tengo el subte a dos cuadras, un balcón con plantas, un trabajo, y la vida parece, por una vez algo regular y con normalidades.
Entonces, y como si la vida se hubiera encaprichado en contrariarme por dos veces en menos de un mes, llega la cachetada, casi una burla. Como si todo estuviera destinado a desbaratarse, como si acaso mi vida se tratara de vivir siempre al borde de la ruptura de mis propias estructuras y decisiones. ¿Acaso un instante puede cambiarnos para siempre la vida? ¿y si de pronto todo complotara para una serie de rupturas escalonadas en todos los órdenes de la vida? ¿Dónde refugiarse entonces?
El mail entró en la casilla con aplomo. Años esperando que ocurriera y cuando digo años me remonto a nueve años desde la primera vez. Cinco intentos, espaciados, medidos, estudiados, calculados en cada centímetro, en cada coma del proyecto, en cada publicación escrita, en cada curso hecho, en las razones del ser y el existir, en el director, en los antecedentes, el lugar de trabajo. Y la respuesta siempre la misma. Un “no” contundente. Acaso la misma rebelión de la respuesta fuera la que todos estos años me impulsó a seguir intentándolo, cual naufrago que se sabe ahogado si baja los brazos.
Y lo terrible fue que el “sí” llegó justo cuando los caminos que elegí habían construido mi “no” a niveles tan obvios que los muebles entraban con el correo en un mar de confusiones de miércoles, y no hablo sólo del día.
Y acá estoy, perdida en un viernes precioso, en una Buenos Aires fresca, que me canta en las veredas porteñas, el subte se ríe de mis ganas de tomar un vino a la sombra de un árbol. La vida es un adoquín flojo concluyo. Y yo en medio de esta ciudad me interpelo sin encontrar respuesta.
Yo quiero seguir corriendo mariposas por veredas con árboles, un rato acá, un rato allá, jugando a no pisar raya, cruzando escaleras por debajo, cerrando el paraguas dentro de casa y pasando la sal en la mano.
Parada frente a mi propia vida me debato. De a ratos me invade la claridad, un segundo después mi mundo interno se nubla y me arrebata la angustia. Y así ando. Con los dos primero tomos de Proust que me prometen buscar el tiempo perdido, cual si mañana al despertarme no fuera a saber en qué habitación me encuentro. Nunca tan pertinente una lectura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
