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viernes, 16 de septiembre de 2011

Lemonchelo

Natalia Millán

Después de la valija traté de describir ese bote que vi mientras atardecía hoy en el parque, el doloroso modo en que cortaba el agua, lastimándola, cual hoja que corta la yema del índice, y duele tres segundos después. Pero esta noche me ha ganado una descripción más meditabunda y perfumada.
Recuerdo los limones de julio, amarillos, porosos, hediondos de un modo hermoso y penetrante. Entrar al departamento era una señal en esos días. Los limones acusadores marcaban el paso del tiempo, avisaban de su madurez extrema.
Minutos antes de la podredumbre arremangué el pullover y pelé uno a uno los limones vergonzosos. El detalle estaba en separar con sutileza de cirujano la cáscara de la piel blanca. Esa blancura presume una amargura que recuerda luego a la hiel, y no me está permitido que se albergue en esta construcción.
Los dedos se llenan de un aceite viscoso, que delata mis manos olerán a limón unos cuantos días. El hecho de que los limones te pertenezcan hará que estos litros, y su proceso de construcción, me enraícen a vos. Presumo que, en adelante, cuando huelas tu botella, estaré yo en ella. Sin saberlo.
La cáscara de doce limones me observa imperturbable desde tres botellas. Reposan en el fondo suaves, mientras el alcohol les va quitando la vida y sus esencias. Y acá, dueña de lo que escribo abuso de este poder que me adjudican mis palabras y hago un paréntesis. La construcción de este lemonchelo no sólo implica a los limones. Otra parte yace oculta en los sábados por la mañana. Los perfumes del mercado central, la selección de las chauchas de vainilla jugosas, los clavos de olor, la canela en rama.
Luego vendrán los litros de alcohol y el asombro de la señora de la farmacia, que no puede entender que quiera tres litros.
Y ahí, un mes largo, silencioso, en un rincón del estante, tres las botellas. Resignadas a perder su transparencia, para asumir un amarillo tímido que asomó en los primeros días y luego fue marcando su existencia con crueldad. Por entonces la guerra se daba cada día entre el amesetamiento de los elementos y yo, que furiosa zamarreaba las botellas para que la canela, la chaucha, los clavos y las cáscaras fueran mutando en esta esencia.
Tras los temblores más difíciles que los cuerpos pueden resistir ha llegado el filtrado; el de las esencias y el mío. Porque aunque yo sea ajena a la botella, ella es parte mía inseparable, mi construcción y proceso.
Luego vinieron los almíbares. Quién diría que la miel se hacía mientras se construía mi amargura. Después la gitana que llevo dentro sacó un fuentón verde donde el alcohol, convertido es sutileza, se transformó con el dulzor, en secreto gritado a voces.
A la izquierda de mi mano yace la prueba, y mes y medio después, tus limones, el lemonchelo y yo vamos sabiendo que hemos cambiado, que este proceso del que hoy vos sos tan parte como yo, hará que cada botella, cuando sea destapada nos contenga un poco a los dos.
Entonces, como la valija, el lemonchelo testigo mirará desde el estante.

domingo, 24 de abril de 2011

Cebollitas peruanas con animosidad

Ingredientes
1 cebolla cortada en escamas
1 limón.
sal a gusto
1cucharadita de aceite de oliva
pan casero

Preparación
La preparación se constituye en base a dos aspectos, ambos igual de importancia.
Por un lado la conjugación de los ingredientes resulta vital para que este sabroso manjar se convierta en la entrada o tentempié de cualquier plato principal, por lo sutil y frágil de sus sabores.
En segundo lugar es fundamental la ambientación al prepararlo.
Usted dirá que esto no es requisito excluyente, se equivoca.
Lo primero es poner la música indicada.
Haga un análisis de su estado de animo y elija aquella música que mejor represente dichas emociones,
o aquella otra que despierte los sentimientos que quiere evocar.
Luego llene su copa con una bebida espirituosa
-recomiendo vino, pero eso se debe a mi afinidad con su capacidad de despertar a los duendes.-
Realizado este rito no apure los horarios, este es el secreto de las cebollitas con animosidad.
Ha llegado el momento de buscar un cacharrito de barro cocido,
una tabla de madera mediana, y un cuchillo con filo.
Ahora dispóngase a llorar.
Pero no se confunda, no se trata de que la tristeza lo lleve a derramar lágrimas,
sino porque el arte de picar la cebolla es así.
Corte la cebolla en escamas, sienta el aroma que le destapa la nariz,
las yemas de los dedos que se van impregnando con los jugos viscosos,
que demorarán el resto del día en abandonar la mano si no sabe cómo quitárselo adecuadamente.
Terminado este proceso ponga la cebolla en el cacharro,
rocíe con limón al tiempo que sala la preparación.
Limpie sus lágrimas para que no afecten el sabor del menú al caer indebidamente sobre la cebolla picada.
Las finas escamas cambiaran de consistencia con los aliños.
Entonces tararee el tema que suena, y sorba un trago de vino.
Piense que cada vez que  prepare esta receta recordará ese día apacible,
esa música, y querrá tener ese ánimo maravilloso.
Cual si las cebollas peruanas tuvieran la animosidad de traer siempre la felicidad a usted.
Luego  coloque el aceite. Si no tiene oliva de por terminada la preparación
-es preferible que falte dicho ingrediente a arruinar la entrada con un aceite malo.-
Corte el pan casero en trocitos no muy grandes, un cuarto de rodaja recomiendo.
Presente la entrada silbando a sus invitados, promueva un brindis.
Y guarde la imagen de su alegría en la retina.
Entonces, cuando esté triste, cuando el pecho le oprima la caja,
cuando sienta que anda sin rumbo, busque la receta, siga los pasos.
Y no olvide que el secreto está en que piense en aquella vez que la "cebollita peruana con animosidad" le hizo ver que la vida tiene instantes maravillosos,
sólo hay que saber verlos para darse cuenta de que vale bien la pena la felicidad de los instantes.

jueves, 3 de marzo de 2011

Dulce de ciruelas

El aroma en el aire, las ciruelas que parecen haberse deshecho en el rojo sangre. Y flotando, cual extraviados, andan por la olla los hilos de cáscara.