viernes, 18 de febrero de 2011

Presentación del libro:"El adjetivo asesino"

Estimados, 
finalmente se hace la presentación del libro...
De mi autoría hay sólo dos cuentos, es un libro de todos los alumnos del taller.
Todavía no decido si quiero vender los libros, pensaba más bien regalarlos...
No esperen sea la gran estrella de la noche, porque no es mi onda, y no  me invitaron a subir al podio,
pero en mi timidez estaré en algún rinconcito con cara de susto.
Espero que puedan acercarse un ratito a compartir.
un abrazo.
Nati


lunes, 14 de febrero de 2011

Minas de Potosí

Natalia Millán
De Potosí me llevo las rodillas llenas de moretones.
gatear en la Mina La Candelaria deja sus huellas.
Me queda haciendo ruido  lo que debe ser trabajar ahí doce horas diarias.
los mineros en su mayoría trabajan en cooperativas, de modo que si encuentran una veta de mineal se hacen ricos, lástima que rara vez suceda.
Lo lamentable es saber que las condiciones de trabajo son las mismas que la de los indios y esclavos durante la colonia, y que tarde o temprano los pulmones de los mineros colapsan y mueren alrededor de los 45 años de edad.
En las minas hay una figura conocida como "el Tío", que parece un diablo y tiene un pene grande.
Cuentan los mineros que en realidad los españoles habían puesto una figura en las minas para atemorizar a los indígenas, a la que llamaban "dios", pero como el quechua no tiene en su alfabeto la letra "d" les salía pronunciarlo  con "t".
Según dicen, si un minero se queda un día a dormir dentro de la mina lo agarrá el tío y lo viola...
Esas condiciones de trabajo, expectativas de vida y esperanzas de cambio, más bien la falta de ellas, me han dejado atónita y pensando...
Los cascos  que te dan para entrar a la mina dicen "33 chilenos" y del otro lado "22 mil bolivianos",  como modo de queja, ya que los 22 mineros que trabajan en Bolivia están aún en peores condiciones que los de Chile, sólo que sin cámaras y Disney nadie sabe qué pasa con ellos.

La humanidad quebrantada


Natalia Millán
El crujir de la tierra lo silenció todo, cayó el mundo a los pies de la mina de San José.
La luz fue sólo un recuerdo en sus ojos, que no volvieron a ver.
Las manos ásperas comenzaron a sudarle y en la garganta se formó un nudo.
Entonces corrió, las piedras rodaban acompañando su paso,
mostrando su enojo por los minerales extraídos.
Las lágrimas quedarían para después, para cuando llegara la quietud.
Sólo pudo pensar en su hija, y la idea de no volver a verla hizo que apurara aun más el paso.
El desierto cálido afuera, adentro, el alma en un hilo a punto de cortarse.
Entonces fue que escuchó voces lejanas.
Se detuvo la humanidad frente al horror, y los vimos todos por TV.
Expectantes, los televidentes lloran desde el otro lado de la pantalla.
Se mezcla la alegría, la tristeza y la bronca.
Desde anoche la tierra escupe hombres, hombres que son barro y mineral,
hombres que desde Atacama dan cuenta del lo miserable que el ser humano se ha vuelto.
No alcanza el aire para volver a respirar, no alcanza la vida para olvidar.
Mendoza llora la salida de los treinta y tres mineros con una lluvia torrencial,
el cielo está gritando con furia.
Los mineros agradecen estar vivos.
Sin embargo la herida sigue sangrando,
la tierra partida en dos no puede olvidar el daño que le han hecho.

EL CAOS

Natalia Millán
Antes de que nos reinaras vos, reinaba mi anárquico yo.
No sabemos aún la fecha precisa en que te adueñaste de nuestro país,
le impusiste tus normas, nos creaste un himno y hasta nos diste decálogo de vida.
Los historiadores internos hacen jornadas, congresos y seminarios.
Debaten fechas de inicio, origen y anuncian finales posibles.
Mientras, el orden parece reinar.
Apariencias vanas, que el orden nunca ha sido posible.
No se equivoquen señores, que puertas adentro hay batallas,
sables que atraviesan cuerpos, sangre que se derrama,
duelos diarios de aceptación y negación.
El país se convulsiona ante tu invasión y se deshace en guerras civiles.
Hay días en que el amor gana batallas,
otros en que, defenestrado, es exiliado y olvidado.
Mientras, la vida va yendo entre las cuadras de tu casa y la mía,
de tu país al mío y viceversa.
Reina el caos,
¿pero qué es acaso la vida?
Entonces con asombro miro a mis ciudadanos y les respondo:
La vida, estimados ciudadanos de mi super yo, es sólo eso,
la permanente construcción de lo que somos y queremos ser.

sábado, 12 de febrero de 2011

La vida y lo irremediable

Natalia Millán
A los ocho años el concepto que se tiene de lo irremediable puede ser bastante vago. Excepto que la muerte te deje ver un costado tan doloroso que nada vuelva a ser lo mismo, para siempre. Hace veintidós años pasó justamente eso, entendí porqué se dice que lo único irremediable es la muerte, porque sigue sin despertarse.
Si con mis treinta años narrara esta historia, que es parte de la historia de mi vida, sería injusta, casi una hereje. Quiero dejar que la cuente ella, la de ocho años. Que mordía nenes en el supermercado simplemente porque sí, la misma que se quedaba horas sentada frente a su taza de leche sin querer tomarla, para que entendieran que la leche no le gustaba. Aquella que hacía piquetes dejando sin atar sus cordones y prohibiendo que fueran atados por otros que no fuera su mamá.
Estamos en el mes de abril, tengo ocho años y aborrezco a la gente que se burla de mí, sobre todo el tío Pedro, el tío Miguel y el Abel, entre otros. ¿Qué se creen? Que porque una es chica no le molesta que se rían de una como si fuera un payasito. Hace un tiempo simplemente les dejé de hablar. Nadie entiende porque no los saludo, ni los miro, ni dejo que se acerquen. No me interesa qué puedan pensar los grandes. No hay derecho a que se rían de mí. Ignorarlos es mi pequeña venganza.
Hoy es domingo creo. La casa está llena de gente que no conozco cuando me levanto. No entiendo de dónde salieron todas esas personas, ni porque tuve este sueño tan triste. Quiero encontrar a mi mamá para contárselo, pero hay tanta gente que no la ubico. Todos me tocan la cabeza y hacen muecas o lloran. ¿Dónde está mi mamá? Yo soñé con la abuela, que se murió hace un mes. Pero la abuela no estaba sola, estaba con el Maxi, que es mi hermano de un año y medio de edad. Me acuerdo el día que mis papás nos sentaron en las camas de la pieza del fondo y nos dijeron que el Maxi iba a nacer.
Ayer sábado nos levantaron temprano. Pero como siempre que la familia sale por ahí de paseo, pasó un buen rato hasta que preparamos todo y salimos para Alvear. Íbamos al campo del tío Pedro. A mí no me hacía ni pio de gracia, ir a su campo no era una idea que me alucinara.
Es otoño, el Maxi corre por el parque mientras esperamos para irnos, agarra las flores amarillas que crecen, esas que luego se trasforman en pequeños helicópteros que al soplo vuelan por todos lados. Y volaban mientras él corría.
Del viaje no recuerdo nada, sólo que cuando llegamos al campo la gorra roja del Maxi quedó sobre el tablero de la camioneta. Es una imagen que va a quedárseme gravada.
El campo me pareció desolador, sin verde, tan seco. Estaban todas las hermanas de mi mamá y mis tíos, y los primos también. La mesa era larga a la hora del almuerzo.
Con las chicas queríamos armar la carpa, porque íbamos a dormir afuera. Pero no nos dejaron, esa era actividad para la tarde. Sólo dimos un paseo por los alrededores. Fuimos a ver los animales y un piletón que tenía una cerca. Miramos sin mucha gana y nos fuimos. A esa hora ya teníamos hambre. No cerramos bien la cerca al salir.
Cuando comíamos papá preguntó por el Maxi, porque hacía rato no lo veía por ahí. Había andado jugando con unos tarritos y una canilla. Entre tanta gente el pequeño se había escabullido. Primero, tímidamente, empezaron a ver si faltaba alguien más, que pudiera estar con él. En cuestión de segundos estaban todos preocupados, nerviosos. De a poco, casi como queriendo esconder sus miedos más terribles, se fueron parando de la mesa y se pusieron a buscarlo. Mamá gritaba su nombre.
Yo me quedé paradita, sin saber qué hacer o decir. No lo encontraban. Los buscaban en los corrales, dentro de la pequeña casa que había en el campo. En los alrededores. Al piletón creo que demoraron en ir. Un presentimiento que nadie quería asumir.
Fue Pablo, mi primo, quien se fue derechito hacia allá. Ahí todo se volvió gritos, sordos o agudos, gritaban todos. Pablo sacó a Maxi del agua. Esa imagen no va a irse nunca.
Pasaron las horas. No sé cuántas. De repente estábamos volviendo a Tunuyán en un auto que no era nuestro. Al Maxi alguien lo llevaba en brazos, quietito. Yo creía que dormía, que iba a despertarse.
Hoy es domingo. El Maxi no se ha despertado. Mi mamá dice que a veces suena una flauta cerca de la casa, lo dice y llora. Mi papá no habla, es como si se hubiera quedado mudo.
Nosotras tres nos movemos como si fuéramos ratoncitos silenciosos, que quieren pasar desapercibidos. Entonces pienso en lo que significa para mí lo irremediable. Lo irremediable es la muerte, todo lo demás puede cambiar.

La hippie cabaretera


Nati Millán
A la hippie cabaretera la perdimos en una esquina. Éramos una fiel copia de ella. A veces queriendo empezar un cuento con “había una vez” y otras tomando una cerveza para olvidar penurias. El príncipe siempre terminaba convertido en sapo para el derrotero de nuestro recuerdo, y nunca, nunca, comimos perdices.
Un poco de yoga, caminatas, bicicleta, con esa mezcla tierna de hippie y cabaretera. Estos personajes exóticos lloran, y saben que a veces de nada sirven los conjuntos de Victoria Secret, ni las ligas seductoras, ni ese perfume que hipnotiza. Cuando las hippies cabareteras se levantan a un pibe nunca andan con todo el glamour encima, o sólo excepcionalmente. Es decir que también serían sapos devenidos a veces en princesas.
Cada mañana, cuando se levantan, creen que está será la mañana en que se topen en la esquina con la felicidad, o al menos con un destello de aquella. Así, un poco ñoñas y un poco atorrantas, las hippies cabareteras andan con sus medias de ligas y sus amores girando por el mundo sin que nadie pueda comprender mucho su desidia e insatisfacción.
En días de lluvias se las ve en la placita del barrio tomando helado, en las sofocantes noches de verano transitan las veredas tratando de no pisar raya, perseguidas por hombres con ramos de rosas. Mientras, ellas sueñan sin ver las flores ni el placero que las espía, creyendo que el mundo no está hecho para seres como ellas, con un libro en la mano y el portaligas bajo la falda. Sí, siempre con portaligas.


La caja


Natalia Millán

Las cajas guardan cosas extrañas, ¿quién no tiene una, en un rincón, llena de papeles o cosas que tienen algún sentido sólo para quién las guarda y conoce su historia?
En el rincón frente a la ventana, la planta crece. Yo también crezco, calculo que nunca se termina esto de crecer. El crecimiento nos rodea: crecen los desiertos, crecen los enemigos, también los amigos; en algún lugar crece el amor entre dos personas.
Vuelvo a la caja, en ella todo está ordenado, ya sea por colores, épocas, estilos o formas.
Está la bolsa manchada con aerosol azul, que un día usé para escribir grafitis a mis amigas que se iban de viaje, todavía recuerdo sus caras de sorpresa, nueve amigas de fierro, nueve personas que hemos cambiado mucho. Pero la bolsa sigue intacta.
Mi diario, forrado con papel de diario (valga la redundancia), dificulta cerrar la caja. En él hay confesiones que eran mi vida, algunas cosas todavía no han cambiado. Es un diario lleno de mis confusiones adolescentes y de mis tristezas desmotivadas o no.
Hay un basito de plástico hecho araña, lo guardé de una salida, diría que es un recuerdo de "muy buenos tiempos". También tengo un encendedor de alguien que se moriría si supiera que yo lo tengo, más que morirse se confundiría, yo también estoy confundida, no sé por qué lo guardé.
En un sobre hay tarjetas de cumpleaños de todo tipo, en otro están las tartas de mis amigas (según la época varían sus autoras). Tal vez no sea bueno que mis amigas y yo crezcamos, hemos cambiado demasiado, y a veces creo que algunas son mis amigas por la costumbre, y no porque nos una un lazo de complicidades, confianza y cariño.
En la caja es infaltable mi tenedor de la infancia, tiene unos dibujitos que lo hacen distinto de cualquier otro. Tantas veces comí con él, tantas otras hice huelga de hambre en su compañía. Hoy yace partido (por el uso) y ya no como con él.
Gran parte de la caja es ocupada por una caja de menor tamaño que contiene los recuerdo de un viaje que, en su momento no supe aprovechar por completo.
Hay folletos, mensajes, recortes , entradas de boliches, papeles de golosinas. Desde hace poco se suman a la colección un par de casetes, y a veces ellos usan su pasaporte a mi mundo, pero sus canciones me ponen triste y nostálgica. Ojalá pudiera guardar momentos como las canciones que a ellos me remiten.
La caja es demasiado estrecha para algunos recuerdos, yo pienso que la vida es una gran caja de recuerdos, donde todos vamos y venimos, pero no nos quedamos, somos recuerdos con pasaportes abiertos a otros mundos, tal vez sea mejor que la eternidad, por el hecho mismo de un fin que nos obliga a disfrutar de esta corta, pero infinita vida.
La caja sigue ahí, un día tendré que buscar una más grande, otro día quizá la comparta con alguien. Dentro de muchos años, cuando yo ya haya usado mi pasaporte, habrá alguien que ordenará mi caja según sus propias reglas, y se afanará en inventar historias para cada uno de esos objetos. Hasta este cuento puede llegar a ser parte de mi caja. A veces pienso que por llenar mi caja me olvido de hoy, cuanto cuesta no monotopizar, ni hoy, ni ayer ... pero sí siempre.
¿Qué hay de vos, de mí, de cada uno de nosotros? Hoy sol, hoy lluvia, hoy nieve, y la soledad que nos persigue a todos. Hoy vos, hoy yo, ayer nosotros, más recuerdo para mi caja ... La caja ríe, sabe que los amores no quieren entrar en ella, no se resignan a un final, la caja sabe que el círculo continua, ella no puede intervenir porque sabe, demasiado bien, que no puede guardar sentimientos en sus débiles paredes de cartón.
La caja sigue ahí, la planta (verde y húmeda)tiene hojas nuevas y sigue creciendo. En el centro de la habitación estoy yo, lejos de la planta y la caja. Tengo puestos los lentes que de pequeña quise usar. La lapicera con la que te escribí, cuento, tiene demasiada tinta y mancah la hoja, voy a guardarla en la caja por haberme acompañado hoy.
Pero hay muchas sensaciones y sentimientos que nunca lograré meter en una caja.